El Reloj de su Padre: El Joven Recluso que se Negó a Entregar lo Único que le Quedaba de su Familia

El patio quedó extrañamente silencioso.

No porque los demás reclusos hubieran dejado de hablar, sino porque muchos empezaron a prestar atención a lo que ocurría alrededor de aquella mesa de concreto.

Mauro continuaba de pie frente al joven.

Su enorme figura proyectaba una sombra sobre la mesa y su mano seguía extendida, esperando recibir el reloj.

Pero el joven no hizo ningún movimiento para quitárselo.

—Entonces vas a quedarte esperando —había respondido.

Mauro entrecerró los ojos.

A su espalda, su compañero dejó de sonreír.

Aquello ya no era una simple conversación sobre un reloj. En un lugar donde las reputaciones se construían con pequeños gestos, la negativa pública de un recién llegado podía convertirse en algo mucho mayor.

El joven se llamaba Nicolás Vega.

Tenía veintitrés años y llevaba apenas cuatro días en aquel centro penitenciario.

No conocía todavía todas las reglas informales del lugar, pero había comprendido una desde el primer día: algunas personas observaban a los recién llegados para descubrir hasta dónde podían presionarlos.

Mauro era uno de ellos.

Durante años había construido una imagen de hombre dominante. No necesitaba levantar la voz constantemente. Bastaba con su tamaño, sus tatuajes y la seguridad con la que caminaba por el patio para conseguir que muchos evitaran discutir con él.

Sin embargo, Nicolás no parecía impresionado.

Y eso era precisamente lo que más irritaba a Mauro.

—Te voy a dar una oportunidad más —dijo.

Nicolás miró lentamente su muñeca.

El reloj tenía una esfera dorada sencilla, ligeramente rayada por el uso. La correa de cuero negro había sido reemplazada varias veces, pero el mecanismo seguía funcionando.

No era un objeto especialmente caro.

Para Nicolás, sin embargo, valía más que cualquier cantidad de dinero.

Había pertenecido a su padre.

—Ya te respondí —dijo.

Mauro retiró lentamente la mano.

Por un instante pareció que la situación iba a empeorar.

Pero entonces una voz fuerte llegó desde una de las torres interiores.

—¡Vega! ¡Mauro! ¡Sepárense!

Un funcionario de seguridad había observado la discusión.

Mauro miró hacia arriba.

Después volvió a fijarse en Nicolás.

—Esto no terminó.

Nicolás no contestó.

Mauro se alejó acompañado de su compañero.

Solo cuando estuvieron a varios metros, Nicolás dejó escapar lentamente el aire que llevaba conteniendo.

No tenía miedo de admitirlo.

Estaba nervioso.

Ser firme no significaba no sentir temor.

Significaba decidir qué hacer a pesar de sentirlo.

El objeto que Nicolás jamás pensó perder

Horas después, de regreso en su celda, Nicolás se sentó sobre la litera inferior y miró el reloj.

Las manecillas marcaban las seis y doce minutos.

Recordó perfectamente el día en que lo recibió.

Tenía diecisiete años.

Su padre, Esteban Vega, acababa de salir del hospital después de una larga enfermedad.

Esteban nunca había sido un hombre rico.

Trabajó durante casi treinta años reparando maquinaria agrícola y pequeños motores.

Sus manos siempre olían ligeramente a aceite y metal.

Cuando Nicolás era niño, pasaba muchas tardes sentado junto al taller observándolo trabajar.

—Las cosas duran si las cuidas —le repetía Esteban.

Aquella frase podía referirse a un motor, una herramienta o una relación.

Esteban utilizaba la misma filosofía para todo.

El reloj había sido regalo de su propio padre.

Por eso, cuando se lo entregó a Nicolás, lo hizo con una seriedad que el muchacho no comprendió completamente hasta años después.

—No vale mucho dinero —le dijo.

—Entonces, ¿por qué me lo das?

Esteban sonrió.

—Porque algunas cosas no tienen que valer mucho dinero para ser importantes.

Nicolás se colocó el reloj.

—¿Y cuándo te lo devuelvo?

Su padre negó.

—No me lo devuelves.

Fue la última conversación larga que tuvieron.

Esteban falleció algunos meses después.

Desde entonces Nicolás había usado aquel reloj casi todos los días.

Durante años fue simplemente una manera de sentirse cerca de él.

Ahora, dentro de una prisión, también se había convertido en un recordatorio de la persona que Nicolás quería volver a ser.

¿Cómo había llegado hasta allí?

La historia de Nicolás no había comenzado con una vida dedicada al delito.

Había terminado allí después de una serie de malas decisiones.

A los veinte años comenzó a trabajar en una empresa de distribución.

El sueldo era modesto, pero suficiente para ayudar a su madre y pagar algunos estudios técnicos.

Después conoció a un compañero llamado Ramiro.

Ramiro siempre tenía dinero.

Automóvil nuevo.

Ropa cara.

Planes todos los fines de semana.

Cuando Nicolás le preguntó cómo conseguía mantener aquel estilo de vida, Ramiro respondía que tenía pequeños negocios por fuera.

Con el tiempo, Nicolás empezó a ayudarlo.

Al principio eran encargos aparentemente inocentes.

Recoger paquetes.

Entregar documentos.

Conducir vehículos.

Después comprendió que algunas operaciones no eran legales.

Debió alejarse.

No lo hizo.

El dinero empezó a llegar demasiado rápido.

Y Nicolás, convencido de que podía retirarse cuando quisiera, continuó.

Hasta que una investigación alcanzó al grupo.

Nicolás aceptó su responsabilidad.

No era el organizador.

Pero tampoco podía afirmar que no sabía nada.

El juez consideró su edad, su ausencia de antecedentes y su colaboración.

Aun así, recibió una condena.

Cuando su madre lo visitó por primera vez, Nicolás apenas pudo mirarla.

No por la prisión.

Por la decepción.

Antes de marcharse, ella señaló el reloj.

—Tu papá decía que siempre llegabas tarde.

Nicolás sonrió débilmente.

—Eso no ha cambiado.

Ella se acercó al cristal.

—Pues quizá todavía estás a tiempo para cambiar otras cosas.

Desde entonces Nicolás había decidido algo.

Cumpliría su condena.

Pero no permitiría que aquel lugar decidiera completamente quién sería cuando saliera.

El consejo de un veterano

Aquella noche su compañero de celda, un hombre de cincuenta y ocho años llamado León, lo observó desde la litera superior.

—Escuché lo del reloj.

Nicolás no levantó la vista.

—Aquí todo se sabe rápido.

—Demasiado rápido.

León había pasado más de quince años entrando y saliendo de instituciones penitenciarias.

No presumía de ello.

Todo lo contrario.

Era precisamente la persona que más advertía a los jóvenes sobre los errores que él mismo había cometido.

—Mauro volverá —dijo.

Nicolás siguió observando la esfera dorada.

—Me imaginé.

—Entonces tienes que pensar bien qué haces.

Nicolás levantó la mirada.

—¿Quieres que se lo entregue?

León negó inmediatamente.

—No te estoy diciendo eso.

—Entonces ¿qué?

León se incorporó.

—Aquí muchos confunden firmeza con orgullo. No son lo mismo.

Nicolás esperó.

—Si empiezas una guerra por demostrar que nadie puede decirte nada, perderás aunque ganes cada discusión.

—Ese reloj era de mi padre.

—Lo sé.

León señaló su muñeca.

—Entonces protégelo con inteligencia.

Aquella palabra se quedó con Nicolás.

Inteligencia.

No fuerza.

No amenazas.

Inteligencia.

La segunda visita de Mauro

Dos días pasaron sin incidentes.

Nicolás comenzó a pensar que quizá Mauro había decidido olvidar el asunto.

Estaba equivocado.

La segunda confrontación ocurrió durante el turno de lavandería.

Nicolás doblaba uniformes cuando Mauro apareció en la entrada.

Esta vez estaba solo.

Eso sorprendió al joven.

Mauro se apoyó contra una pared.

—Tranquilo. No vine a quitártelo.

Nicolás continuó trabajando.

—Qué alivio.

Mauro sonrió apenas.

—Tienes carácter.

—¿Eso era lo que estabas comprobando?

—En parte.

Nicolás dejó una camisa sobre la mesa.

—¿Y la otra parte?

Mauro señaló el reloj.

—Me gusta.

—Eso ya lo había entendido.

Mauro caminó lentamente alrededor de la mesa.

—¿De verdad era de tu padre?

Nicolás lo miró.

—Sí.

Por primera vez, la expresión del hombre cambió.

No demasiado.

Pero lo suficiente.

—El mío tenía uno parecido.

Nicolás no esperaba aquello.

—¿También dorado?

—Más viejo.

Mauro hizo una pausa.

—Lo perdí cuando tenía diecinueve.

—¿Te lo quitaron?

Mauro negó.

—Lo vendí.

—¿Por qué?

Mauro soltó una pequeña risa amarga.

—Porque a los diecinueve creía que siempre habría otra oportunidad de recuperar las cosas importantes.

Nicolás permaneció callado.

Mauro se marchó sin decir nada más.

La conversación dejó al joven confundido.

La persona que había intentado intimidarlo ahora parecía haber encontrado en aquel reloj un recuerdo propio.

Pero Nicolás no bajó la guardia.

En prisión, una conversación tranquila no convertía automáticamente a alguien en amigo.

Una desaparición inesperada

Una semana después ocurrió algo que Nicolás temía.

Regresó del taller, abrió su pequeño compartimento de pertenencias y descubrió que el reloj no estaba.

Revisó todo.

La cama.

La ropa.

Los zapatos.

Nada.

Sintió que el estómago se le cerraba.

León entró pocos minutos después.

—¿Qué pasa?

—No está.

—¿Qué cosa?

Nicolás levantó la mirada.

—El reloj.

León dejó inmediatamente lo que llevaba en las manos.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Nicolás sintió cómo la rabia comenzaba a subirle por el pecho.

Su primer pensamiento fue Mauro.

Naturalmente.

Había sido quien lo había querido desde el principio.

—No hagas nada todavía —dijo León.

—¿Qué quieres que haga?

—Pensar.

—No necesito pensar demasiado.

Nicolás salió al pasillo.

León intentó detenerlo.

—Nicolás.

Pero el joven ya había decidido.

Encontró a Mauro en el comedor.

Estaba sentado con otros tres hombres.

Nicolás caminó directamente hacia su mesa.

Varias personas comenzaron a observar.

Mauro levantó los ojos.

—¿Qué quieres?

—Mi reloj.

Mauro frunció el ceño.

—¿Qué pasa con él?

—Desapareció.

Uno de los hombres de la mesa sonrió.

Nicolás lo ignoró.

—Devuélvemelo.

La expresión de Mauro se endureció.

—Ten cuidado con lo que estás diciendo.

—Fuiste tú quien lo quería.

Mauro se levantó lentamente.

El comedor quedó atento.

—Una cosa es que yo te lo pidiera —dijo—. Otra es que me llames ladrón.

Nicolás lo miró directamente.

—Entonces dime que no lo tienes.

Mauro acercó el rostro.

—No lo tengo.

Hubo varios segundos de silencio.

Nicolás buscó alguna señal en su expresión.

No encontró ninguna.

—¿Te basta? —preguntó Mauro.

Nicolás no respondió.

—Te estoy diciendo que yo no cogí tu reloj.

El joven retrocedió.

No porque estuviera convencido.

Porque entendió que continuar sin pruebas podía empeorar todo.

Regresó a su celda.

León lo esperaba.

—¿Lo tiene?

Nicolás negó.

—Dice que no.

—¿Le crees?

—No sé.

León se sentó.

—Entonces averigua antes de acusar.

La pista

Al día siguiente, un recluso joven llamado Samuel se acercó a Nicolás durante el desayuno.

—Escuché que estás buscando algo.

Nicolás lo miró.

—¿Sabes algo?

Samuel dudó.

—Quizá.

—Habla.

—Ayer vi a alguien entrando en tu zona cuando estabas en el taller.

—¿Quién?

Samuel miró alrededor antes de responder.

—Damián.

Nicolás conocía el nombre.

Era precisamente el secuaz de Mauro.

El hombre calvo con barba de candado que se había burlado de él durante la primera discusión.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Por qué no dijiste nada?

Samuel bajó la voz.

—Porque yo quiero salir de aquí sin meterme en problemas.

Era comprensible.

Nicolás le agradeció y se alejó.

Ahora tenía un problema.

Si Damián había tomado el reloj, existían dos posibilidades.

Mauro había mentido.

O Damián había actuado por su cuenta.

Nicolás necesitaba saber cuál.

Mauro también buscaba respuestas

La oportunidad apareció esa misma tarde.

Nicolás encontró a Mauro junto a la cancha.

—Necesito hablar contigo.

Mauro lo miró.

—Otra vez no.

—Alguien vio a Damián entrando en mi zona.

La expresión de Mauro cambió.

—¿Quién?

—No importa.

—Sí importa.

—No voy a decirte.

Mauro se acercó.

—¿Me estás diciendo que Damián tomó el reloj?

—Estoy diciendo que estuvo allí cuando desapareció.

Mauro quedó pensativo.

—Ven.

Nicolás no se movió.

—¿Adónde?

—A resolverlo.

—No necesito que resuelvas nada por mí.

—Tal vez yo sí.

Caminaron hacia una zona cercana al taller.

Damián estaba sentado conversando con otros dos hombres.

Cuando vio a Mauro y Nicolás juntos, su expresión lo delató.

Mauro se detuvo.

—Damián.

El hombre levantó la cabeza.

—¿Qué?

—¿Tienes el reloj?

Damián sonrió.

—¿Qué reloj?

Mauro no sonrió.

—No me hagas repetirlo.

Damián miró a Nicolás.

—Este nuevo te está llenando la cabeza.

Mauro dio un paso adelante.

—Te pregunté algo.

Damián dejó de sonreír.

—Lo guardé.

Nicolás sintió una oleada de rabia.

—¿Dónde?

—Tranquilo.

—¿Dónde está?

Mauro levantó una mano hacia Nicolás.

—Déjalo hablar.

Damián parecía molesto.

—Pensé que lo querías.

Mauro frunció el ceño.

—Yo se lo pedí.

—Y él te faltó el respeto.

—Eso era asunto mío.

El tono de Mauro había cambiado completamente.

Damián lo comprendió.

Sacó la mano de un bolsillo interior.

El reloj apareció.

Nicolás lo reconoció inmediatamente.

Damián lo dejó sobre una mesa metálica.

—Ahí está.

Nicolás lo tomó.

Revisó la esfera.

Tenía una pequeña marca nueva en el borde.

Pero seguía funcionando.

Sintió un alivio difícil de explicar.

Se lo colocó nuevamente en la muñeca.

Mauro miró a Damián.

—No vuelvas a tocar cosas ajenas diciendo que lo haces por mí.

Damián parecía humillado.

—Solo intentaba…

—Ya escuchaste.

Nicolás observó aquello sorprendido.

No esperaba que Mauro lo defendiera.

Y todavía menos que lo hiciera públicamente.

El significado del respeto

Horas después, Nicolás estaba nuevamente sentado en la misma mesa de concreto donde había comenzado todo.

Mauro apareció.

Esta vez no había secuaces.

Se sentó frente a él.

Nicolás miró el reloj.

—Supongo que te debo una disculpa.

Mauro levantó una ceja.

—¿Por acusarme?

—Sí.

—No te apresures. Yo también hice méritos para que sospecharas.

Nicolás sonrió ligeramente.

Era la primera vez que compartían algo parecido a una conversación normal.

Mauro miró su muñeca.

—¿Funciona?

—Sí.

—Bien.

Permanecieron en silencio.

Finalmente Nicolás preguntó:

—¿Por qué lo querías tanto?

Mauro tardó en responder.

—Porque me recordó uno.

—El de tu padre.

Mauro asintió.

—Mi padre murió cuando yo estaba aquí la primera vez.

Nicolás lo miró.

—¿No pudiste verlo?

—No.

Mauro entrelazó las manos.

—Teníamos una relación mala. Pensé que cuando saliera arreglaríamos las cosas.

Miró hacia el muro.

—Nunca salí a tiempo.

Nicolás comprendió que detrás de la imagen intimidante existía una historia más complicada.

No justificaba las amenazas.

Pero ayudaba a entenderlas.

—¿Y por qué vendiste el reloj?

—Necesitaba dinero.

Mauro sonrió con tristeza.

—Después descubrí que el dinero desaparece mucho más rápido que los recuerdos.

Nicolás miró la esfera dorada.

—Mi padre me dijo algo parecido.

—¿Qué?

—Que algunas cosas no tienen que valer mucho dinero para ser importantes.

Mauro asintió.

—Tu viejo sabía de lo que hablaba.

Nicolás encontró una nueva dirección

Las semanas siguientes fueron más tranquilas.

Mauro dejó de molestarlo.

Damián también mantuvo distancia.

Pero lo más importante fue que Nicolás comenzó a entender cómo quería pasar el resto de su condena.

Se inscribió en un programa de formación técnica dentro del centro.

Mecánica.

Cuando vio el nombre del curso, casi se rio.

Era exactamente el oficio de su padre.

El instructor, un hombre llamado Herrera, detectó inmediatamente que Nicolás ya sabía algunas cosas.

—¿Dónde aprendiste?

—En un taller.

—¿Trabajaste allí?

Nicolás señaló el reloj.

—Mi papá.

Herrera no preguntó más.

Nicolás comenzó a destacar.

Reparaba pequeños motores.

Aprendía electricidad.

Tomaba notas.

Por primera vez desde su arresto sentía que estaba construyendo algo.

También comenzó a ayudar a otros internos más jóvenes con las clases.

No intentaba convertirse en líder.

Simplemente había descubierto que enseñar lo obligaba a recordar mejor.

Un día Mauro apareció en la puerta del taller.

—Vega.

Nicolás levantó la vista.

—¿Qué quieres?

Mauro mostró una pequeña radio vieja.

—Dicen que arreglas cosas.

Nicolás sonrió.

—Depende.

—No funciona.

—Eso ya lo había deducido.

Mauro dejó la radio sobre la mesa.

—¿Puedes repararla?

Nicolás la inspeccionó.

—Probablemente.

—¿Cuánto?

Nicolás lo miró.

—Tampoco te estoy ofreciendo dinero.

Durante un segundo Mauro permaneció serio.

Después soltó una carcajada.

Era la misma frase que había utilizado semanas antes para exigir el reloj.

—Bien jugado, nuevo.

Una visita especial

Seis meses después, la madre de Nicolás volvió a visitarlo.

Cuando entró en la sala, notó inmediatamente algo diferente.

Su hijo parecía más tranquilo.

Más centrado.

—Estás más delgado.

Nicolás sonrió.

—Eso siempre dices.

Ella miró su muñeca.

—Todavía lo tienes.

—Claro.

—Tu padre estaría contento.

Nicolás bajó la mirada.

—Estoy haciendo el curso de mecánica.

Su madre abrió mucho los ojos.

—¿En serio?

—Sí.

—Como él.

—Como él.

Ella sonrió.

Nicolás no recordaba la última vez que había visto aquella expresión en su rostro.

No era únicamente felicidad.

Era esperanza.

—Cuando salgas podríamos hablar con tu tío —dijo—. El taller todavía está cerrado.

Nicolás levantó la cabeza.

El antiguo taller de su padre llevaba años sin utilizarse.

—¿Crees que todavía está en condiciones?

—Necesita trabajo.

—Mucho trabajo.

—Tú sabes de eso.

Nicolás miró el reloj.

Quizá por primera vez desde que recibió su condena podía imaginar claramente lo que haría después.

Reabrir el taller.

No para fingir que nada había ocurrido.

Sino precisamente porque había ocurrido.

Porque necesitaba comenzar de otra manera.

El último día de Mauro

Meses después corrió la noticia de que Mauro sería trasladado a otro centro.

Nicolás lo encontró la mañana antes de su partida.

Mauro llevaba una pequeña bolsa con sus pertenencias.

—Así que te vas.

—Eso parece.

Nicolás extendió la mano.

Mauro la estrechó.

—Cuida ese reloj.

—Lo intentaré.

Mauro se quedó pensativo.

Después sacó algo del bolsillo.

Era una pequeña pieza metálica.

Un antiguo pasador de reloj.

—Encontré esto entre mis cosas hace años.

Nicolás lo miró sin entender.

—¿Y?

—Era del reloj de mi padre.

—Deberías quedártelo.

—Lo haré.

Mauro cerró la mano.

—Solo quería enseñártelo.

Nicolás sonrió.

—Entonces tú también cuídalo.

Mauro asintió.

Antes de marcharse, añadió:

—Cuando llegaste pensé que eras otro muchacho queriendo demostrar que no tenía miedo.

—Sí tenía miedo.

Mauro sonrió.

—Ya lo sé.

—¿Cómo?

—Porque solo los idiotas no sienten miedo aquí.

Nicolás rio.

Mauro se alejó.

Aquella fue la última vez que se vieron.

Tres años después

La puerta metálica se abrió a las ocho de la mañana.

Nicolás salió llevando una mochila pequeña.

Su madre esperaba fuera.

Habían pasado tres años desde aquella discusión en el patio.

Mucho había cambiado.

Nicolás tenía veintiséis años.

Había completado su formación.

Había participado en varios programas educativos.

Y había conseguido una oportunidad de empleo temporal.

Pero antes de aceptar cualquier cosa tenía un lugar al que quería ir.

El viejo taller.

Cuando llegaron, la puerta estaba cubierta de polvo.

El letrero todavía decía:

TALLER VEGA

Las letras estaban deterioradas.

Su madre le entregó una llave.

—No he entrado desde hace años.

Nicolás abrió.

El olor lo golpeó inmediatamente.

Metal.

Madera.

Aceite viejo.

Era el olor de su infancia.

Caminó hasta el banco de trabajo.

Todavía permanecían algunas herramientas de Esteban.

Nicolás pasó la mano sobre la superficie.

Después miró su reloj.

Seguía funcionando.

Su madre se colocó a su lado.

—¿Qué piensas?

Nicolás observó alrededor.

Había muchísimo que hacer.

Limpiar.

Reparar.

Comprar herramientas.

Conseguir permisos.

Recuperar clientes.

No sería fácil.

Pero tampoco esperaba que lo fuera.

—Creo que podemos abrirlo otra vez.

Su madre sonrió.

—¿“Podemos”?

—Necesitaré una administradora.

—Yo estoy jubilada.

—Perfecto. Tienes tiempo.

Ella rio.

El reloj volvió al lugar donde comenzó todo

Dos años más tarde, el Taller Vega estaba nuevamente funcionando.

No era enorme.

No hacía falta.

Nicolás tenía tres empleados y varios clientes regulares.

Una tarde entró un adolescente acompañado de su madre.

Necesitaban reparar una pequeña motocicleta.

El muchacho observó cómo Nicolás trabajaba.

—¿Ese reloj es de oro?

Nicolás miró su muñeca.

—No.

—Parece caro.

Nicolás sonrió.

Había escuchado algo parecido años antes.

—Para mí sí lo es.

—¿Cuánto cuesta?

Nicolás dejó la herramienta.

—No sabría decirte.

—¿No sabes cuánto vale tu propio reloj?

Nicolás negó.

—Hay cosas cuyo precio no importa demasiado.

El joven parecía confundido.

Nicolás miró la esfera rayada.

Recordó a su padre.

Recordó el patio.

Recordó a Mauro extendiendo la mano.

Recordó la desaparición del reloj.

Recordó también la frase que le había repetido su padre:

Las cosas duran si las cuidas.

Ahora comprendía que Esteban nunca había hablado únicamente de objetos.

Una vida también podía dañarse.

Una relación podía romperse.

Una reputación podía perderse.

Pero algunas cosas podían repararse.

No siempre quedaban como nuevas.

A veces conservaban cicatrices.

Como la pequeña marca que todavía tenía el reloj en uno de sus bordes.

Nicolás nunca intentó borrarla.

Le recordaba un momento importante.

El día en que alguien intentó quitarle lo único que conservaba de su padre y él decidió defenderlo.

Pero con los años entendió que aquella no había sido la lección principal.

La verdadera enseñanza vino después.

Comprender que defender lo que amas no siempre significa responder con violencia.

A veces significa tener paciencia.

Buscar la verdad.

Saber cuándo hablar.

Y negarte a permitir que el lugar donde estás determine completamente la persona en la que vas a convertirte.

Nicolás llegó a prisión creyendo que el reloj era lo último que conservaba de su padre.

Salió entendiendo algo diferente.

El verdadero legado de Esteban nunca había estado dentro de aquella esfera dorada.

Estaba en sus palabras.

En su oficio.

En la manera de enfrentar los errores.

Y en aquella sencilla idea que Nicolás terminó colocando años después en un pequeño cartel dentro del taller:

“Las cosas importantes se cuidan. Y cuando se rompen, se intenta repararlas.”

Debajo del cartel había una fotografía de Esteban.

Y junto a ella, cuando Nicolás terminaba cada jornada, descansaba durante unos minutos el viejo reloj de correa negra.

No como símbolo de dinero.

Ni como trofeo.

Sino como recordatorio de que incluso después de tomar un camino equivocado, todavía puede quedar tiempo para elegir uno mejor.

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